viernes, 15 de mayo de 2020

GRIPE DEL 18

El ilustre médico ingles Sydenham nos ha legado una descripción de una epidemia de tos, acompañada de fiebre, que se desencadenó en la Gran Bretaña en los últimos meses de 1657 y a la cual prácticamente no escapó ningún súbdito de Su Graciosa Majestad. No es esta la única descripción de la gripe que se encuentra en los anales de la Medicina, pues ya la describió Hipócrates en el siglo antes de Cristo. Esta antigüedad de la enfermedad la convierte en una de las dolencias que mayor numero de denominaciones ha recibido. La denominación de “gripe” puede proceder de un vocablo alemán “greifen”. En italiano recibió el nombre de “influenza”. La epidemia de Paris del año 1414 recibió en nombre de “tac” por la rapidez con la que se manifestaban los síntomas.

Nos referiremos en estas líneas a la gripe española de 1918; año de gracia en el que se vivió el fin de La I Guerra Mundial.
En un mundo convulso, a pesar del término de la Gran Guerra, y de una no menos situación inestable en España, nadie paró mientes en tu telegrama de agencia perdido en las páginas interiores de los diarios y que decía escuetamente: En Dueñas se ha presentado una epidemia gripal de la que hay 200 atacados.
Ajenas a estas preocupaciones, las gentes de bien releían con fruición lo que las revistas chic insertaban en sus páginas de moda. O se informaban del rotundo éxito del maestro Serrano con su zarzuela “la Canción del Olvido”.
A pesar de nuestra neutralidad no nos libramos de padecer las terribles plagas que todas las guerras traen consigo: hambre, peste, e inmoralidad.
Nos azotaba cierta mortífera epidemia llegada a nuestro suelo desde los frentes de batalla, y que reexportada a Francia se le dio en llamar gripe española.
El entorno socio económico en el que se encontraba España era deplorable, con hambre y miseria en las capas populares de la población, a las que no habían llegado los beneficios derivados de nuestra neutralidad en la Gran Guerra. La epidemia de Gripe no hizo otra cosa que entenebrecer el oscuro panorama que se cernía sobre España.
Pese al creciente número de madrileños que empezaron a guardar cama, las gentes de la Villa y Corte no se tomaron demasiado en serio el virus gripal. La muerte de algún político de renombre fue considerado un hecho coyuntural justificado por la edad. Pero, pronto las gacetillas de prensa advertirán:
“En las oficinas del Estado y en entidades oficiales y particulares sigue propagándose la dolencia que determina nuevas e innúmeras bajas”.

A pesar de que hasta el mismo rey dio con sus huesos en la cama, seguía sin tomarse en serio. Los optimistas de turno llegaron a creer que esta gripe sería tan benévola como la padecida en 1890; pero, las circunstancias que se daban en 1918 nada tenían que ver con aquellas.
La gripe de 1918 fue considerada como un efecto derivado de la guerra: la fatiga de los combatientes, la debilidad de las poblaciones subalimentadas y la miseria de los campos de prisioneros ofrecieron a la plaga un terreno demasiado favorable.
La movilidad de personas por todo el orbe aportó su granito de arena. En los puertos de Europa Occidental había un extraordinario abigarramiento de gentes de todas partes de mundo portadores de cepas gripales diferentes, que probablemente permitió el desarrollo de un virus híbrido extraordinariamente virulento.
La alarma se insinúa a partir del 26 de mayo, en el momento en el que se aprecia una elevación de la mortalidad habitual. Una mortalidad que llegó en la capital del reino a más de cien personas diarias. A escala mundial la morbilidad afectó entre el 50 o el 80 por ciento de la población; y la mortalidad llegó a cifras relativas del 3 por ciento alcanzando un número que superó los veintiún millones de almas.
Teatros y lugares públicos comenzaron a cerrar sus puertas. Comenzaron a desbordarse las pasiones, y los rumores más infundados comenzaron a tomar carta de naturaleza, Las gentes comenzaron a mirarse con desconfianza por miedo al contagio. El agua, el café, el trabajo en locales cerrados, los sermones de las iglesias, y los viajeros de allende nuestras fronteras, eran tratados con recelo.
La situación sanitaria en España, a decir de algunos, “sólo se encontraba en papel de oficio; pero, la organización activa de laboratorios y personal idóneo, que es la base de la profilaxia biológica esa no existe en España.
Los centros de enseñanza se cerraron, y la apertura del curso se retrasó.
No ayudó tampoco mucho, el desplazamiento de los veraneantes, que, del norte de España, trajeron la enfermedad a la capital.
En los inicios de 1919 la epidemia se ha extendido por todo el mundo, inclusos Australia. Todas las medidas profilácticas se demuestran ineficientes.

Un año después de iniciada la epidemia, en España se estimaron que un total de ocho millones de ciudadanos fueron los afectados, y las muertes originadas superaron con creces las doscientas mil.
Una vez más España tuvo que arrastrar el san Benito de algo que no fue en absoluto su responsabilidad; si es que responsabilidad se puede pedir en el desarrollo de una epidemia tan sumamente letal como la denominada “Gripe Española”.
La movilidad de personas por todo el orbe aportó su granito de arena. En los puertos de Europa Occidental había un extraordinario abigarramiento de gentes de todas partes de mundo portadores de cepas gripales diferentes, que probablemente permitió el desarrollo de un virus híbrido extraordinariamente virulento.








jueves, 19 de septiembre de 2019

REQUETÉ... ¿QUÉ?


En la actualidad la palabra requeté significa tanto una agrupación política con ideales tradicionalistas como el cuerpo de soldador voluntarios que lucharon en defensa de aquellos ideales. Pero la palabra, al aparecer por los años 1833/34, en los comienzos de la primera guerra carlista tenía un significado mucho más restringido. Entonces era simplemente el nombre que se daba a una unidad carlista: el Tercer Batallón de Navarra.
Esta unidad era famosa por su bravura y el buen humor de sus hombres, y se cuenta -aunque sin ningún fundamento- que el general Zumalacárregui, resumiendo una vez la actuación de sus soldados , dijo: “Todos los batallones se han portado muy bien, pero el Tercero, mejor que ninguna. Este batallón no sólo es bueno, sino “requetebueno”.
A partir de entonces, según las mismas fuentes, la unidad fue conocida con el nombre de Batallón Requetebueno.
Por una elipsis normal entre personas que no se distinguen por los remilgos léxicos, el apelativo pronto quedó reducido a un simple “requeté”.
Ahora bien, el vocablo requetebueno en boca de Zumalacárregui parece que es pura leyenda. Probablemente el general carlista nuca dijo esta palabra. El nombre popular y afectuoso con que era conocido el Tercer Batallón Navarro tuvo otro origen.
Entre los soldados del Ejercito carlista, había tanto valor y alegría como falta de dinero.Las tropas no poseían uniforme, y los voluntarios se alistaban con su indumentaria civil, que no podía sustituir porque no existía otra.

Las largar marchas y las acciones de guerra pronto estropearon esos pantalones de pana, eas burdas camisas, esas boinas azules, esas fajas encarnadas. Y los soldados debían avanzar por esos mundos de Dios maltrechos y semidesnudos. Algunos se quejaban. Pero los del Tercer Batallón Navarro, que eran por lo visto los más desharrapados, aunque también los más jacarandosos, se reían de sus propias desventuras- los descosidos y rotos de sus pantalones- y con ritmo de canción marcial, quizás guiñándose el ojo se decía unos a otros.
“Vamos, andando, tápate,
Que se te ve ...el requeté...”
Seguía, naturalmente, un adjetivo, al que el prefijo de marras no hacía más que reforzar. Pero ¿qué adjetivo?  La tradición, que ha conservado escrupulosamente el púdico y travieso estribillo, no dice nada al respecto.
El estribillo de marras no era en origen tan pudoroso. Decía así:
«Tápate soldado, tápate, que el culo se te ve»
Letra que era cambiada por la anterior cuando la canción era cantada al entrar en los pueblos. Dicen, que para no escandalizar a las mujeres.

La canción se hizo famosa muy pronto y la última palabra del estribillo acabó por representar, ante otras unidades, al batallón preferido de Zumalacárregui. Este fue, según todos los indicios, el origen de la hoy tan amplia y honorable palabra “requeté”.

miércoles, 11 de septiembre de 2019

EL CRIMEN DE LA CALLE DE FUENCARRAL


Quizá ningún otro caso criminal del último cuarto del ochocientos español produjo tan inusitada expectación y un oleada tal de pasión como el crimen de la calle de Fuencarral. En él se mezclaron los problemas estrictamente policiacos con la suspicacia de un trato de favor hacia ciertas personas implicadas en el crimen. Todo ello desembocó en un movimiento de opinión encabezado por algunos periódicos que se contaban entre los más prestigiosos de la capital de España. Se reunieron muchas personas en una “acción popular” encaminada a costear una acusación privada. Al margen del resultado final, el hecho señala un hito en la historia de la prensa española al mostrar que el sensacionalismo es, en el campo periodístico, un un filón de rendimiento inigualado: nunca los periódicos madrileños habían alcanzado tiradas tan elevadas como aquellos meses durante los cuales “el crimen de la calle de Fuencarral” estuvo en todas y cada una de las calles madrileñas.
La mañana del 2 de julio de 1888 y a instancias del portero de la finca Manuel Triviño el delegado de vigilancia solicitó permiso judicial para entrar en el numero 109 por haber señales de incendio.
Al entrar el juez se advierte la presencia de dos mujeres. La primera en una de las alcobas, muerta, y con la mitad del cuerpo carbonizado. La segunda se encontraba en la cocina desvanecida, aunque pudo declarar que encontró al llegar la noche anterior a la señora en compañía de un caballero que la ordenó acostarse, cosa que hizo hasta que una densa humareda la despertó.
La autopsia desveló que la víctima, mujer viuda de saneados ingresos que vivía con su hijo, joven de conducta irregular, había recibido tres cuchilladas en el pecho, mortales de necesidad.
El juez imputó a la criada Higinia, y tomó declaración al hijo de la finada, preso en la Cárcel Modelo.
En el registro ocular se detecto un hatillo que contenía alhajas y objetos de valor. El incendio se determinó que había sido provocado para ocultar las causas de la muerte.
El señor Millán, amigo de la finada, y director de la cárcel Modelo, se entrevistó con la acusada  de quien logró que confesara el crimen, perpetrado para robar a la víctima; y que roció el cuerpo con petróleo para borrar las huellas. Incriminó a Dolores Ávila a quien dijo haber entregado el producto del robo. Hechos que esta negó, a pesar de lo cual fue encarcelada.

En medio de la confusión Higinia solicitó hablar con el juez instructor al que declaró que todo dicho hasta ese momento había sido mentira. Que había entrado al servicio de la victima inducida por el señor Millán director de la cárcel modelo; y con la misión de franquear la entrada al hijo de la victima para que le robrar, y a cambio de este servicio recibiría una gratificación. Acuso al señorito del crimen, y al señor Millán de haberlo planeado.
Tras un careo entre ambos, el juez determino, la detención de este.
No obstante las posturas contrapuestas de los acusados, algunos hechos pudieron ser constatados que apuntaban a una relación de privilegio que el preso, hijo de la víctima, recibía por parte del señor Millán, quien le permitía salir de la prisión sin ninguna cortapisa.
En medio de este dilema, la prensa, que hasta ese momento había tratado el caso de forma meramente informativa, cambio de línea haciendo de la información del crimen una especie de tribuna desde la que condenar las irregularidades del proceso, y la discriminación que estaba llevando la Justicia.
Con las contradictorias declaraciones de los implicados la confusión era absoluta; un puzzle de casi imposible resolución. En medio de aquel cruce acusaciones, los representantes de los principales diarios madrileños decidieron entablar una acción popular para poder intervenir de un modo directo y eficaz en su labor de servicio a la Justicia. Se recaudaron fondos y el asunto se encargo al letrado Fernando Silvela, quien rechazó el encargo aduciendo motivos políticos. Tampoco les paró las quejas del presidente del Tribunal Supremo Montero Rios, quien consideraba la iniciativa una intromisión.
Los interrogantes que la acción popular tenía eran aireados a los cuatro vientos con toda la fuerza de los caracteres tipográficos, a los cuatro vientos.
Mientras lo madrileños contestaban, cada uno a su manera a los interrogantes, llegó la fecha del juicio. Un juicio que se celebraría a puerta abierta.
El interés por el proceso creció desmesuradamente al enterarse la opinión pública de que el ex presidente de la República Nicolás Salmerón se encargaba de la defensa de Higinia Balaguer.
El día de la lectura de la sentencia, más de cinco mil personas se agolpaban a las puertas de la Audiencia para ver a los acusados, y escuchar la sentencia. Una sentencia que condenó a Higinia a la pena capital, y absolvía al hijo de la víctima y al director de la cárcel modelo. Estas dos absoluciones fueron consideradas un flagrante atentado a los más elementales principios de la Justicia.
Pero, de nada sirvió el recurso al Tribunal Supremo; quien, más de un año después ratificó la sentencia de la Audiencia Provincial de Madrid. Una decisión que llegó a provocar las más airadas protestas y graves alteraciones del orden público.

De nada sirvieron las peticiones de indulto que en favor de la condenada a muerte se elevaron. El día 19 de julio de 1890, la sentencia fue ejecutada a Higinia murió a la edad de 28 año a manos del verdugo. Un agarrotamiento al que asistieron más de veinte mil personas.
¡Dolores,... catorce mil duros! Estas fueron las últimas palabras de Higinia Balaguer al ser ejecutada.

sábado, 3 de agosto de 2019

LAS HERMANAS BRONTË


Fueron Charlotte, Emily y Ana Brontë, a las que debe la literatura inglesa, en su álgido periodo romántico, un conjunto de poesías y novelas de calidad desigual, pero de atractivo imperecedero para todos los soñadores del mundo. El paisaje triste que rodeó su infancia, la falta de cariño materno, la hosquedad de un padre excesivamente severo, la tuberculosis... Todo contribuía a hacer de los cuatro hermanos Brontë unos seres melancólicos y soñadores, deseosos de evasión.
El arte permitió esa huida de la realidad: Charlotte, Emily y Anne escribieron novelas apasionadas y fantásticas. El único varón Branwell, quiso ser pintor, pero no tuvo éxito y acabó entregándose, desesperado, al opio y al alcohol.
A partir de la publicación de Jane Eyre en 1847 el mundo literario se preguntó periódicamente cómo nació el talento literario de las hermanas Brontë, y el ambiente en que se formó este pequeño grupo tan precoz y encerrado dentro de sí mismo.
La señora Brontë trajo al mundo seis criaturas, muriendo un año después de nacer la última. Los niños fueron criados con escaso calor afectivo, por un padre erudito y distante y por una tía abnegada y rígida, combinación ciertamente temible.
Las niñas fueron enviadas a una escuela llamada Cowan Bridge. En realidad, se trataba de un infierno dirigido por un pastor hipócrita y avaro, conscientemente feroz. Dos de las hermanas contrajeron tuberculosis muriendo ambas a intervalo de pocos meses.
La vida los niños adquirió de pronto una vertiente insospechada. Todos ellos leían mucho, Devoraban todo tipo de lecturas. Aquellos niños precoces discutían cualquier tema entre ellos o con su padre. Y un buen día decidieron inventar una novela, o mejor una saga en torno a los jóvenes, doce soldados de madre que el padre había regalado a su hijo.
De una manera inconsciente los niños padecían “el mal de siglo”, la nostalgia de las grandes aventuras y la aspiración de una vida ardiente.
Las tres hermanas Brontë darían pruebas de una timidez agresiva, de una obstinación que nada podría doblegar.
Su experiencia en Bélgica a donde se trasladaron para trabajar como profesoras no fue una experiencia agradable, y regresaron a sus lares.

Por su parte en único varón del grupo Branwell, dotado de gran fantasía, pero inestable y perezoso, no logró abrirse camino en el mundo de la pintura, ni tampoco en el de la poseía. Aceptó un empleo de subjefe de estación dónde se entregó a la bebida.
Un día Charlotte, descubrió un cuaderno de versos de Emily y comprobó que eran notables. Esta se enfadó, pero su hermana la convenció para hacer una selección de ellos y los suyos propios y enviarlos a un editor. El librito fue publicado en 1846 con los gastos a costa de las autoras. Aunque tuvo escasas ventas, las críticas fueron favorables.
No se desalentaron y se dedicaron a la composición de nuevas obras. Esta vez la suerte les sonrió. Aparecieron dos obras: Cumbres Borrascosas, de Emily, y Agnes Grey de Anne, publicadas en el año 1847 bajo seudónimo. Tres meses antes había sido publicada Jane Eyre de Charlotte que obtuvo un éxito prodigioso y se agotaron tres ediciones en pocos meses. Los lectores devoraban sus páginas y admiraban su romanticismo sombrío, la habilidad de la intriga, la belleza del estilo y el tono extraño e inesperado.
Se ha exagerado el aislamiento en el que vivieron las tres hermanas, pues en realidad tuvieron la existencia que ellas mismas deseaban. Las tres rehusaron con altivez varias peticiones de matrimonio.
Pero en el extraño mundo de las hermanas Brontë la muerte, siempre presente, hizo sus estragos en las vidas del padre, del hermano, y de las hermanas Emily y Anne. Estas últimas a consecuencia de la enfermedad que persiguió a la familia durante toda su vida: la tuberculosis. Charlotte había aceptado con indiferencia la muerte de su hermano pues el antiguo cariño que por él sintió se había desvanecido, pues las esperanzas que en él había puesto sólo recibieron humillación, desprecio y desintegración moral. En cambio, adoraba sus hermanas, sobre todo a Emily tan diferente a ella, y cuyo talento y lirica vigorosa tanto admiraba.
En memoria de Emily escribiría Shirley en 1849, pero también para distraer el dolor de las dos muertes consecutivas.

La vida cotidiana se reanudó penosamente en Haworth, Charlotte se quedó sola con su padre, que reanudo sus actividades. Charlotte comenzó a escribir una nueva novela Villete publicada en 1853 basada en su experiencia en Bélgica, y que alcanzó un gran éxito.
Se ha pretendido dar una apariencia extraña a esta floración de talento, insistiendo en la ignorancia de los cuatro hermanos en todo lo referente al mundo. Vivieron el mundo que quisieron vivir; un mundo del que eran soberanos, en el que ensayaron sus concepciones de una vida relativamente utópica, y decantarla.

viernes, 2 de agosto de 2019

AMUNDSEN


Pies humanos hollaron por primera vez el Polo Sur el día 14 de diciembre de 1911. Eran los del explorador noruego Amundsen y los de sus cuatro compañeros de viaje: Hansen, Bjaaland ,Wisting y Hassel.La expedición dirigida por Amundsen se adelantó unas pocas horas a las de su colega y rival Scott que se había propuesto el mismo objetivo. Amundsen tuvo más suerte. Pero también influyeron en su éxito la experiencia adquirida en viajes anteriores, su conocimiento de las tierras polares, su obstinación, su prudencia su talante optimista y su extraordinaria resistencia física. Si la aventura de Scott fue una cadena de adversidades, con frustración y muerte al final- una auténtica tragedia- la gesta de Amundsen, por el contrario, se desarrolla como un poema épico afortunado, esplendoroso y triunfal.
En el puente del “Fram” se alzaron aclamaciones unánimes dirigidas a Roal Amundsen, el hombre que iba a llevarlos al Polo Sur, y cuya mirada parecía distinguir sus inmensidades trágicas y solitarias. Y el “Fram” se alejó lentamente de la bahía de Funchal, mientras brillaban las luces del litoral, últimas estrellas terrestres antes de las sombras vírgenes de la Antártida.
Instintivamente, Amundsen se volvió hacia el alojamiento de los perros que él había recomendado cubrir con una lona para evitarlos el sol. Había preferido llevar perros a los poneys de Manchuria por ser más fáciles de proteger contra las ventiscas, y más sencillos de alimentar. Los perros estaban bien, y no habían enfermado. Tranquilizado, Amundsen pensó en Scott, el hombre que al mismo tiempo que él, navegaba rumbo a la Antártida.
El 11 de enero de 1911, el “Fram” ancló en la bahía de las Ballenas y las cajas, los barracones y las tiendas empezaron a ennegrecer la nieve.

Durante un par de meses, del 10 de febrero al 11 de abril Amundsen jalonó su futura ruta con tres depósitos de víveres señalados con banderas, y después la sombra del invierno se abatió sobre Framheim.
Algunos le habían dicho “Se adentra Ud. en lo desconocido”
Pero a él no le causaba temor lo desconocido, muy al contrario, le fascinaba.  Si seguía las huellas de otro ¿dónde estaría el mérito?
La exploración es, ante todo, un trabajo humilde y paciente, una labor de buen operario. Con los hielos no se juega.
Y llegó septiembre. La partida quedó fijada para el mes siguiente. Finalmente, el 19 de octubre cuatro trineos salieron de Framheim con víveres para cuatro meses y 52 perros.
Regresaremos alrededor del 11 de enero, dijo Amundsen a quien se quedaba al mando del campamento en su ausencia.

Amundsen sabía que, en la primera parte del viaje, la más fácil, los trineos se deslizarían sobre la famosa Barrera de Ross. Las dificultades no procedían del terreno sino del tiempo, un tiempo que cegaba a los exploradores con la ventisca.
El 17 de noviembre alcanzaron el paralelo 85, y habían recorrido 1.400 kilómetros, las dos terceras partes del recorrido.
Amundsen examinó las cordilleras fantásticas que se mostraban cada vez más temibles. Ya no se trataba de una marcha difícil con el hambre y el frio como únicas amenazas sino un combate contra lo desconocido. El gigante antártico despegaba su fuerza terrible contra ellos.
Amundsen se dispuso a combatir aquella fuerza bruta y primitiva con medios también primitivos: sus esquís, su trineo, y sus perros.
El 7 de diciembre de 1911 Amundsen dirigió el sextante hacia el Sol y se echó a llorar. ¿Por qué lloraba aquel hombre insensible? Habían rebasado el punto austral más extremo jamás alcanzado por el hombre. La latitud era en aquel momento 88º 23’. Tras días más tarde alcanzarían los 89º 15’.
La mañana siguiente le tenía reservado un regalo magnifico: la gloria de ser el primero en llegar al Polo Sur.
El 14 de diciembre los cinco hombres se levantaron, radiantes y emprendieron la marcha.
Alcanzaron la Latitud de 89º 53’. Amundsen les dijo a sus hombres: “Recorramos otras siete millas hacia el sur y habremos alcanzado nuestra meta”,

A las tres, Amundsen hizo un signo, se inclinó sobre el contador y en su rostro se reflejó la emoción. ¡Eran los primeros en llegar al Polo Sur!
Los cinco hombres, inmóviles, paladearon su victoria. La bruma que parecía haber bajado del cielo hasta tocar la meseta, envolvía sus siluetas triunfantes.

domingo, 21 de julio de 2019

SOCIEDAD DE NACIONES


Cien años han pasado desde que por el Tratado de Versalles se fundaba la "Sociedad de Naciones", germen de lo que hoy son las Naciones Unidas. A través de la pluma de Salvador de Madariaga, voy conociendo un poco de los entresijos de aquella organización que. al igual que ocurre con la actual ONU, poco o nada lograba en relación con los medios, personas, y gastos que generaba.
Largo y prolijo sería relatar (y llevo unas pocas páginas) el enorme entramado de la tal institución. Una organización que, por cierto, mangoneaban un par de naciones (Francia e Inglaterra), las cuales no se ponían de acuerdo ni tan siquiera en cómo había que denominarla si "Sociedad de Naciones" o " Liga de las Naciones". 

Ni que decir tiene el tiempo que se perdía en ponerse de acuerdo en las transcripciones de los documentos. Una misma palabra de diferente sentido en ambos idiomas, podía dar al traste con decenas de días de trabajo, y reuniones.
Existían Comisiones, subcomisiones, grupos de trabajo para casi todo, con resultados que, a mi como lector, me resultan frustrantes.
Leer el relato de las reuniones de una Comisión de Desarme, provoca que como ciudadano del mundo me plantee, la relación coste/resultados.
No era extraño asistir (según las palabras de Madariaga) al defraudante espectáculo de, logrado un acuerdo, cogido con alfileres; un cambio de gobierno, antes de la firma, diera al traste con todo lo acordado.
Al igual que hoy ocurre con ese enorme "Elefante" que es la ONU, la madre de la criatura le marcó el camino de la ineficacia, y la ineficiencia. Conseguir que el "elefante" levante una pata, cuesta un "potosí". Que el "paquidermo" de un paso, eso es misión casi imposible. Cuando nuestro mundo precisa con urgencia respuestas inmediatas, a los problemas que surgen en cualquier lugar del globo; el "elefante" es incapaz de romper la "tela de araña" que le envuelve. Cuando el "mamífero placentario" logra ponerse en marcha, el mal es irreconducible.
Muchas esperanzas se pusieron aquel mes de junio de 1919 en la "Sociedad de Naciones". Demasiadas, quizás, vistos los magros resultados que se han logrado a lo largo de un siglo. Su primer fracaso fue, su incapacidad para evitar la segunda gran tragedia que asoló el mundo.
Una tragedia que se anunció con la suficiente antelación como para haberla evitado. Pero, más preocupados por el lugar que los representantes de los países ocupaban en las mesas; valorando la calidad de los canapés que se servían en las diferentes delegaciones, fueron incapaces de ver; o simplemente no quisieron, lo que ocurría a su alrededor, sobre todo en Alemania, desde los comienzos de la década de los años treinta.


Mientras las muy extensas reuniones de comisiones y subcomisiones sobre desarme perdían el tiempo intentando regular la producción de aquellos productos químicos potencialmente utilizables para la fabricación de explosivos; los gobiernos de Alemania trabajaban a marchas forzadas para lograr un rearme que, en teoría, y según los acuerdos del Tratado de Versalles, les estaba vetado.
Mientras unos y otros discutían sobre cuál era el verdadero alcance la palabra "desarme"; y si ese concepto era de aplicación por igual a todos los miembros integrados en la Sociedad de Naciones; las fábricas y los astilleros alemanes producían a discreción todo tipo de armamento y municiones para una contienda que estaba en la mente de todo el pueblo alemán, que se sentía humillado por los términos que se tuvieron que aceptar en el armisticio de 1919.
La hija única de la Sociedad de Naciones, cambió las orillas del Lago de Ginebra, por las riberas del río Hudson; pero, mantuvo, y mantiene, las esencias genéticas de su madre. Y hoy, cien años después, poco han cambiado las cosas. Sólo ha variado el tamaño, y el ingente número de burócratas que viven de ese ir y venir de despacho en despacho, de sala en sala, de comisión en comisión, de asamblea en asamblea, sin lograr que algo cambie de verdad.
De igual manera que ocurría en la Sociedad de Naciones, en la que todos se miraban de reojo; en la que la desconfianza era la amiga inseparable de cada país; en la que nadie se fiaba de nadie; hoy, nada de eso se ha superado; sino que se ha aumentado con nuevos intereses económicos, militares, estratégicos de bloque.
Más de doscientos países y sus burócratas correspondientes, inundan el edificio de Manhattan, y sus múltiples delegaciones esparcidas por todo el mundo. El coste de tal estructura administrativa, no creo que alguien lo sepa. Todo para no ser capaz ni tan siquiera de poner un poco de orden y cordura, en un asunto tan sensible como son los movimientos migratorios de millones de seres humanos que mueren en mares y desiertos, sin que ninguno de los doscientos miembros de ese inmenso "elefante" sea capaz de alzar la voz.
Para lavar su propia incompetencia, la propia madre ha descargado su responsabilidad, sobre esa legión de hijas alumbradas para que deslumbren a los ciudadanos, y de esa manera no podamos ver lo que ocurre en el acristalado edificio neoyorquino.
Para solventar las hambrunas, las miserias, los desplazamientos por causas de guerras, hambres, o tragedias varias, realizan un anuncio publicitario, y nos piden a nosotros que les ayudemos a solventarlo.
Mientras degustan manjares en los estupendos restaurantes de la Quinta Avenida, nos encojen el corazón con la imagen de un niño famélico; o muerto en brazos de su abuelo al haber sido bombardeado su pueblo, situado en cualquier lugar del mundo.
Todas las esperanzas que algunos bienintencionados pusieron en la sede ginebrina de la Sociedad de Naciones, han resultado fallidas; como tantas veces ocurre.
La frase de Madariaga: "Nadie se fiaba de nadie", cien años después no ha perdido un ápice de virtualidad.





viernes, 19 de julio de 2019

LA GRIPE DE 1918


El ilustre médico ingles Sydenham nos ha legado una descripción de una epidemia de tos, acompañada de fiebre, que se desencadenó en la Gran Bretaña en los últimos meses de 1657 y a la cual prácticamente no escapó ningún súbdito de Su Graciosa Majestad. No es esta la única descripción de la gripe que se encuentra en los anales de la Medicina, pues ya la describió Hipócrates en el siglo antes de Cristo. Esta antigüedad de la enfermedad la convierte en una de las dolencias que mayor numero de denominaciones ha recibido. La denominación de “gripe” puede proceder de un vocablo alemán “greifen”. En italiano recibió el nombre de “influenza”. La epidemia de Paris del año 1414 recibió en nombre de “tac” por la rapidez con la que se manifestaban los síntomas.
Nos referiremos en estas líneas a la gripe española de 1918; año de gracia en el que se vivió el fin de La I Guerra Mundial.
En un mundo convulso, a pesar del término de la Gran Guerra, y de una no menos situación inestable en España, nadie paró mientes en tu telegrama de agencia perdido en las páginas interiores de los diarios y que decía escuetamente: En Dueñas se ha presentado una epidemia gripal de la que hay 200 atacados.
Ajenas a estas preocupaciones, las gentes de bien releían con fruición lo que las revistas chic insertaban en sus páginas de moda. O se informaban del rotundo éxito del maestro Serrano con su zarzuela “la Canción del Olvido”.
A pesar de nuestra neutralidad no nos libramos de padecer las terribles plagas que todas las guerras traen consigo: hambre, peste, e inmoralidad.
Nos azotaba cierta mortífera epidemia llegada a nuestro suelo desde los frentes de batalla, y que reexportada a Francia se le dio en llamar gripe española.
El entorno socio económico en el que se encontraba España era deplorable, con hambre y miseria en las capas populares de la población, a las que no habían llegado los beneficios derivados de nuestra neutralidad en la Gran Guerra. La epidemia de Gripe no hizo otra cosa que entenebrecer el oscuro panorama que se cernía sobre España.
Pese al creciente número de madrileños que empezaron a guardar cama, las gentes de la Villa y Corte no se tomaron demasiado en serio el virus gripal. La muerte de algún político de renombre fue considerado un hecho coyuntural justificado por la edad. Pero, pronto las gacetillas de prensa advertirán:
“En las oficinas del Estado y en entidades oficiales y particulares sigue propagándose la dolencia que determina nuevas e innúmeras bajas”.

A pesar de que hasta el mismo rey dio con sus huesos en la cama, seguía sin tomarse en serio. Los optimistas de turno llegaron a creer que esta gripe sería tan benévola como la padecida en 1890; pero, las circunstancias que se daban en 1918 nada tenían que ver con aquellas.
La gripe de 1918 fue considerada como un efecto derivado de la guerra: la fatiga de los combatientes, la debilidad de las poblaciones subalimentadas y la miseria de los campos de prisioneros ofrecieron a la plaga un terreno demasiado favorable.
La movilidad de personas por todo el orbe aportó su granito de arena. En los puertos de Europa Occidental había un extraordinario abigarramiento de gentes de todas partes de mundo portadores de cepas gripales diferentes, que probablemente permitió el desarrollo de un virus híbrido extraordinariamente virulento.
La alarma se insinúa a partir del 26 de mayo, en el momento en el que se aprecia una elevación de la mortalidad habitual. Una mortalidad que llegó en la capital del reino a más de cien personas diarias. A escala mundial la morbilidad afectó entre el 50 o el 80 por ciento de la población; y la mortalidad llegó a cifras relativas del 3 por ciento alcanzando un número que superó los veintiún millones de almas.
Teatros y lugares públicos comenzaron a cerrar sus puertas. Comenzaron a desbordarse las pasiones, y los rumores más infundados comenzaron a tomar carta de naturaleza, Las gentes comenzaron a mirarse con desconfianza por miedo al contagio. El agua, el café, el trabajo en locales cerrados, los sermones de las iglesias, y los viajeros de allende nuestras fronteras, eran tratados con recelo.
La situación sanitaria en España, a decir de algunos, “sólo se encontraba en papel de oficio; pero, la organización activa de laboratorios y personal idóneo, que es la base de la profilaxia biológica esa no existe en España.
Los centros de enseñanza se cerraron, y la apertura del curso se retrasó.
No ayudó tampoco mucho, el desplazamiento de los veraneantes, que, del norte de España, trajeron la enfermedad a la capital.
En los inicios de 1919 la epidemia se ha extendido por todo el mundo, inclusos Australia. Todas las medidas profilácticas se demuestran ineficientes.

Un año después de iniciada la epidemia, en España se estimaron que un total de ocho millones de ciudadanos fueron los afectados, y las muertes originadas superaron con creces las doscientas mil.
Una vez más España tuvo que arrastrar el san Benito de algo que no fue en absoluto su responsabilidad; si es que responsabilidad se puede pedir en el desarrollo de una epidemia tan sumamente letal como la denominada “Gripe Española”.


martes, 16 de julio de 2019

EL VALLADOLID DEL SIGLO XVI


La historia de las viejas ciudades es como una línea quebrada con puntos cimeros, descensos y nuevas ascensiones. El historiador puede recalar en la inflexión más favorable y una vez allí estudiar en profundidad todos los aspectos de la población elegida: desde las cuestiones económico sociales a las realizaciones artísticas y las puramente urbanísticas. Valladolid, residencia de la Corte durante gran parte del siglo XVI tuvo entonces su primera época dorada; en tiempos contemporáneos un nuevo empuje ha hecho de ella el centro vital de Castilla la Vieja.
El Valladolid del siglo XVI, con su esplendor de capital, con su pujanza económica y su bullicio popular, que latía por calles y plazas: he ahí el sugestivo escenario y la rutilante que describimos.
Autos de Fe, justas, torneos, juegos de caña, corridas de toros, locas noches de San Juan. En Valladolid todo es pretexto para hacer una fiesta. El dinero corre a manos llenas y hay que plantar más viñas porque cada día se consume más vino. El transporte es caro, pero si es un año de escasez se va por vino a Portugal. Se consume terriblemente.
La nobleza se entrampa hasta los ojos con una burguesía que no sabe producir, pero que tiene dinero para prestar.
Hacia Valladolid afluyen inmigrantes de todas las regiones: asturianos montañeses, vascos. Unos buscan trabajo. Otros son pícaros que vienen a buscar entre tanto bullicio y actividad algún resquicio por el que infiltrarse en la vida dulce y sin trabajo. Los pobres oficiales son una decoración en todas las esquinas y tabernas de la villa, pues, a diferencia de los pobres segovianos, los de Valladolid participan del ambiente general de las fiestas, y por supuesto, no trabajan.
Valladolid llega al siglo XVI con un gran impulso económico. La comunidad judía establecida en 1413, alrededor de san Nicolas, había contribuido al auge comercial. La comunidad mudéjar había proporcionado mano de obra competente, y las grandes órdenes habían establecido allí conventos e iglesias.
Es una villa en pleno dinamismo, bien pavimentada que se deja influir por el Renacimiento y que ha sacado el mejor partido a sus oportunidades geográficas. Sus campiñas son aptas para el cultivo de cereales; y sus riberas son magníficos terrenos para huertas y jardines donde los potentados construían sus residencias.
Por privilegio real Valladolid tenía cinco leguas a la redonda de tierras propias que ponían bajo su jurisdicción los pueblos de la zona. Gran parte de la vida económica de Valladolid dependía de estos pueblos.

Dos factores condicionaron la historia vallisoletana en el siglo XVI:
-                 El aflujo de metales preciosos de América, que hará entrar la economía española en una etapa de         expansión. 
-              La presencia de la Corte. Primero con Carlos V y después con Felipe II hasta su traslado a Madrid        en 1559, época que coincide con el desastroso incendio que quemó la parte vieja de la ciudad.
Este segundo hecho fue un inmenso privilegio para Valladolid. La ciudad se vio transformada. La presencia de la Corte engrandecía la ciudad, transformándose por el lujo y el espectáculo. La producción artesanal y agrícola también vivió una época de expansión.
Valladolid no pagaba impuestos a la Corona lo que era una sustanciosa fuente de ingresos, aunque de manera negativa.
Cuatro periodos se pueden determinar en el siglo XVI vallisoletano:
1.- Hasta 1540. Se nota la abundancia monetaria por el flujo de metales preciosos de América. Crece la población, y toda la ciudad se dinamiza.

2.- Un segundo periodo que coincide con la estancia de la Corte. Años 1544 a 1559. Durante este periodo la ciudad conoce su máximo esplendor, Fluyen los emigrantes, los pintores y los artistas; suben los precios y los salarios. Aumenta la producción agrícola por la extensión de los cultivos, todo el mundo está ávido de créditos. Los orfebres y los cambistas hacen aumentar el volumen dinerario.
3.- Un tercer periodo se extiende entre 1559 y 1580, que se inició después de la decisión de Felipe II de trasladar la Corte a Madrid. Comienza a faltar trabajo. Se cierran las casas, pues la gente se marcha. Disminuye el consumo de carne. El incendio de la calle platería, fue todo un presagio. El 21 de septiembre de 1561 de manera fortuita se inició en la casa de Juan de Granada. A pesar de todos los esfuerzos buena parte de la ciudad antigua quedó arrasada por las llamas.
4.- Un cuarto periodo que se inicia en 1580 supone un nuevo auge de la ciudad con la llegada de los moriscos, y la aparición de la industria sedera y textil. La anexión de Portugal tuvo también un efecto positivo en el devenir de la ciudad.
Como vemos, Valladolid estuvo a merced de su capitalidad. En cuanto pierde esta, la ciudad se hunde; pero, mientras cuenta con este privilegio, lo aprovecha al máximo.


miércoles, 10 de julio de 2019

Luis II de Baviera: EL REY LOCO


El cine convertirá en figura de actualidad a Luis II de Baviera, llamado el rey loco por sus excentricidades. Fue un príncipe romántico, idealista, soñador, melancólico y sujeto a crisis de exaltación. Sus desviaciones fueron motivo de escándalo.
Pero más allá de estas excentricidades queda la figura de un rey de Baviera que vivió como tal una época difícil y que lo hizo con habilidad y sin bajezas: nos referimos a la unificación de Alemania bajo la égida de Prusia; episodio trascendente que merece ser tratada con una amplitud que excede a estas líneas.

En el Castillo del alto país del cisne, un chiquillo de unos trece años, tez pálida, cabellos negros y ojos inmensos de color azul, extremadamente guapo y esbelto contempla absorto el esplendoroso paisaje que le rodea. La imaginación del futuro Luis II vaga por los senderos de la leyenda de los relatos fascinantes del viejo mayordomo Josef.
El niño parece transportado a aquel desierto de abetos y cimas orgullosas que circundan la fortaleza.
Unas pisadas interrumpen las meditaciones del príncipe. Su educación espartana debe seguir, pese a las delicias del estío.
A despecho de las extravagancias de algunos de sus soberanos como Luis I, el pueblo bávaro idolatraba a su familia real. La dinastía y la religión eran dos elementos estrechamente emparentados.
María de Prusia casa con Maximiliano II transmitió a los dos hijos que nacieron los gérmenes de la demencia de la casa de Hohenzollern de tan funestas consecuencias para el linaje de Baviera.
El príncipe Luis nació el 25 de agosto de 1845.Su infancia fue triste. Vivía aislado, separado del mundo.  Desde mu pequeño se le inculcó el “sentido de la realeza”. Su incipiente orgullo se vio moderado por una timidez casi anormal.
Hasta los 14 años no tuvo otro compañero de juegos que su hermano Otón. Lo que le llevó a encerrarse en sí mismo, y crearse un mundo a medida de sus sueños; no tardando en dar muestras inequívocas de introversión patológica, obligado a buscar en su cerebro la compensación a la rígida soledad que le imponían.
A los 19 años Luis se convirtió en rey. Su pueblo apenas le conocía. Pero descubrió en el un príncipe de cuento de hadas, un rey de leyenda, un enviado del Olimpo.
Luis mostró por vez primera un arrebato pasional en febrero de 1861. Acudió a una ópera del compositor Wagner. Desde el principio el espíritu del príncipe heredero quedó en suspenso. Luis parecía transportado en éxtasis. Un consejo manifestó que “Su alteza llegó a inquietarnos. La representación le causaba un efecto diabólico, rayano en extremos morbosos”. Llegó a sufrir convulsiones, temiendo que degenerara en un ataque epiléptico.

Dos meses después de su coronación se entrevisto con Wagner, en el que le manifestó su deseo de que se quedara a trabajar a su lado.
Wagner hombre ambicioso cincuentón, curtido por las luchas de la vida, no dudo en sacar todo el partido posible de su privilegiada posición. Se rodeo de un lujo y un boato provocativos.
A sus oídos, atentos por una vez a la realidad, llegaron primero los murmullos, luego la sorda indignación del pueblo. La prensa importante, los diarios satíricos disparaban golpe tras golpe contra el músico, al que acusaban de haber hechizado al joven e inexperto Luis. Ante esta situación el rey tuvo que intervenir. El gobierno en pleno, respaldado por la reina madre, amenazó con dimitir. El día 10 de diciembre de 1865 Wagner partió camino del destierro.
En 1866 entra en escena Isabel, llamada familiarmente Sissi. Dos seres sorprendentemente parecidos: melancólicos, artistas, sensibles a todo tipo de belleza. Entre ellos se intercambió una correspondencia místico- amorosa-fraternal con la que daban rienda suelta a las fantasías de sus atormentados espíritus. Aunque no por ello Sissi, aunque no quisiera demasiado a su marido, le fue irreprochablemente fiel.
De forma precipitada pidió la mano de su prima Sofia, a que bautizó con el nombre de Elsa y a su suegra Ludovica le dio el apelativo de Walkiria.
Pronto se cansó de cortejar él mismo a la novia y se contentó con enviarle enormes ramos de flores.
Luis contemplaba la llegada de la fecha de boda con auténtico terror, y la desposada dejó de recibir ramos de flores, paso a ser destinataria de cortos en insulsos mensajes capaces de desanimar a la más enamorada de las prometidas.
Tras varios retrasos infundados de los esponsales el compromiso terminó por romperse.
Liberado de Sofía Luis II ya sólo será prisionero de sí mismo.
De su pluma salieron estos escritos:
Me he librado de Sofía. La sombría imagen se borra para siempre. Por fin he vuelto a vivir, después de esta pesadilla.
....
Gracias a Dios el terrible acontecimiento no se ha producido.

Tan misteriosa como fue su vida, lo fue su muerte. Luis II salió de paseo con su psiquiatra sin escolta ni más compañía. Cuatro horas más tarde los cuerpos sin vida de Luis II y del médico fueron rescatados de un lago cercano. Nadie sabe lo que en realidad pudo ocurrir en aquella cerrada noche cuyas nubes aún cubren el enigma.



GRIPE DEL 18

El ilustre médico ingles Sydenham nos ha legado una descripción de una epidemia de tos, acompañada de fiebre, que se desencadenó ...