sábado, 11 de mayo de 2019

LOS FERROCARRILES CUBANOS Y EL AZUCAR


El deseo de abaratar el transporte del azúcar cubano decidió la construcción del primer ferrocarril español: la línea la Habana-Bejucal, inaugurada en el año 1837.
Tres años antes se había fundado en la Habana una compañía ferroviaria bajo la inspiración del intendente Martínez de Pinillos. Regía la isla el capitán general Miguel Tacón, muy interesado en aumentar los ingresos de los hacendados locales.
Desde el primer momento en control de los ferrocarriles estuvo en manos de los grandes plantadores y de sus agentes: Los Diago, Alfonso, Drake, Aldama... Se obtuvo de la firma Alexander Robertson & Co. de Londres un préstamo de 2.000.000 de pesos, que debería ser amortizado con un impuesto especial sobre las importaciones y las exportaciones.
Un millar de irlandeses, algunos canarios, numerosos convictos españoles y una multitud de emancipados y esclavos, bajo la dirección del ingeniero norteamericano Alfred Kruger, emprendieron la construcción de la primera línea férrea de la América Latina.
En 1837 se inauguraba el tramo hasta Bejucal. Un año después, la línea alcanzaba los cien kilómetros de longitud.
En 1842 se inicia el segundo ferrocarril cubano: de la Habana a Júcaro. En 1860 existían en Cuba más de 700 kilómetros de vías férreas, propiedad de quince compañías, de las cuales la más importante era la Compañía Ferroviaria de la Habana.
El coste por kilómetro era de uno 15.000 pesos. El de la mano de obra no es conocido; pero, se sabe que al terminar el contrato los irlandeses se vieron reducidos a la mendicidad.
En cuanto al material utilizado, la mayor parte llegaba de Inglaterra, pero el equipo era tratado con tanto descuido que la maquinaria inglesa llegó a tener mala reputación- en parte, debido a sabotajes- y fue sustituida por material norteamericano.
La construcción de los ferrocarriles cubanos alcanzó plenamente su objetivo: el abaratamiento del transporte de azúcar.
En 1830 el porteo de una caja de azúcar desde Güines a la Habana, por medio de mulas o de bueyes, costaba unos doce pesos. En 1863, por ferrocarril ¡un peso!
El beneficio de los plantadores alcanzó en pocos años cifras fabulosas puesto que no se alteró sensiblemente el precio del azúcar.
La segunda ciudad que contó con ferrocarril fue Cárdenas que abrió su primera línea en 1842 hasta Jovellanos.


La competencia desmedida, así como lo irracional de los diseños de las líneas, unido a la crisis económica, provocó que, a partir del 1906 se fuera produciendo un movimiento paulatino de absorciones y fusiones entre las diversas compañías.
El monopolio, con capital inglés, que se implantó en la Isla hizo que, en el año 1953, el presidente Batista procediera a la nacionalización, debido a sus dificultades económicas, creando la compañía mixta Ferrocarriles Occidentales de Cuba.
La Revolución cubana, supuso la nacionalización de todas las líneas ferroviarias; agravándose su situación con la entrada en vigor del bloqueo estadounidense, lo que dificultó la llegada de repuestos y materiales.
El proyecto más ambicioso de la Revolución fue la construcción de la línea férrea entre la Habana y Santiago de Cuba. Las obras se iniciaron en 1974, siendo concluidas, en lo esencial, diez años después contando con un total de casi 1.300 kilómetros de vías.
La desintegración de la URSS en 1991, su principal proveedor, supuso un duro golpe para la economía cubana, siendo el ferrocarril uno de los sectores más afectados llevando a la desaparición de una buena parte de las líneas hasta entonces en uso, agravado por la desaparición de las centrales azucareras que, en buena medida, eran las encargas de su mantenimiento.


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